Mostrando entradas con la etiqueta ocultismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ocultismo. Mostrar todas las entradas

El Hombre ve primero el defecto pues busca la perfección



El Hombre ve primero el defecto pues busca la perfección


Se dice que el espíritu humano, siempre esta en búsqueda de más. En búsqueda de la perfección, de lo mejor, lo mas elevado. "El fin del humano es hallar la perfección".
Quisas fue Platón el primero en hablar sobre la perfección, tal cual la entendemos hoy día; y quisas Él fue el precursor de esta búsqueda inquietante de lo perfecto.

Sera por esta búsqueda de algo mejor, por lo cual nos resulta tan fácil ver el defecto. Sera por esto la facilidad de la critica, y la importancia del cumplido.

Al comparar todo con la perfección , notamos lo defectos del todo. Al permanecer en una constante búsqueda de lo perfecto, nos a
dentramos en un viaje de imperfección y de defectos a nuestro al rededor. Los cuales no podrán ser remediados a menos que se encuentre la perfección. Sin esta, en todo es posible encontrar un defecto, puesta la perfección es la exclusión de ellos.

Sera este ideal platónico, el que nos aleja de la satisfacción, y nos facilita la critica. Sera que nuestra búsqueda por el ideal de la perfección nos vuelve cada vez mas intolerantes a lo "imperfecto", sera que en esta búsqueda la delgada linea de la perfección y lo no perfecto se ensancha, y encontramos facilmente los defectos en lo no perfecto.

Sera culpa de la perfección la facilidad de la critica o realmente todo estará tan lejos de la perfección, que su no perfección se ve a primera vista.

-F.I.C.

La boveda Celeste



La boveda celeste



En 1906, el astrónomo alemán Wilhelm Julius Förster (1832-1921) publicó un libro de divulgación científica titulado Von der Erdatmosphäre zum Himmelsraum [1] que incluía una imagen muy enigmática, y que reproducimos aquí. En ella vemos a un hombre sobre la Tierra plana observando a través de la bóveda celeste el funcionamiento del Universo.


Hacia 1957 [2], el astrónomo e historiador de la ciencia Ernst Zinner (1886 - 1970) propuso que esta imagen habría sido realizada a mediados del siglo XVI. Pero después se advirtió que se trataba de una talla al buril, una técnica que no se conocía antes del siglo XIX. De hecho, Förster aseguraba que había tomado la imagen del libro Astronomie populaire [3] publicado en 1880 por el astrónomo francés Camille Flammarion (en la foto) (1842 - 1925). ¡Pero, en realidad, la imagen no procede de ese libro!


Finalmente, el astrofísico e historiador de la ciencia Arthur Beer (1900 - 1980) y el curador de libros Bruno Weber (1931) [5] mostraron, independientemente que la imagen se encontraba en realidad en la página 163 del libro L'Atmosphere [6] publicado por Flammarion en 1888. Siendo ésta la versión más antigua de esta imagen, se la comenzó a llamar Ilustración Flammarion.

El pie de la ilustración reza:
Un misionero medieval afirma haber encontrado el lugar donde el Cielo y la Tierra se encuentran. 
Y el texto que la acompaña dice:
¿Qué es entonces esta bóveda azul que ciertamente existe y nos impide ver las estrellas durante el día?
En la actualidad pueden encontrarse numerosas versiones coloreadas de esta ilustración, como la que mostramos al comienzo de esta entrada.

No hay pruebas concluyentes de que este dibujo sea obra de Flammarion. Es más, siendo que en el libro no se cita a su autor, bien podría tratarse de la obra de alguno de los muchos artistas que ilustraron los libros de Flammarion como, por ejemplo, Jean Paul Laurens (1838 - 1921), Nöel Saunier (1847 - 1890), Fortuné-Louis Méaulle (1844 - 1901), Hermann Vogel (1856 - 1918), Georges Antoine Rochegrosse (1859 – 1938) ó Carlos Schwabe (1866 - 1926).

En L'Atmosphere el texto continua así:
Sea que el cielo esté claro o nuboso, siempre parece tener la forma de un arco elíptico [...] Nuestros ancestros imaginaban que esta bóveda azul era realmente lo que el ojo nos llevaría a creer que es; pero, tal como señalaba Voltaire, esto es tan razonable como si un gusano de seda confundiera a su capullo con los límites del Universo.

Los astrónomos griegos representaban [a esta bóveda] como una sustancia sólida y cristalina, y tan cerca en el tiempo como Copérnico, un gran número de astrónomos pensaba que era tan sólida como el vidrio. Los poetas latinos ubicaban a las divinidades del Olimpo y su corte mitológica arriba de esta bóveda, por encima de los planetas y las estrellas fijas.

Antes de que se supiese que la Tierra se movía en el espacio, y que el espacio está en todos lados, los teólogos habían instalado a la Trinidad en el Empíreo, al igual que a la jerarquía angelical, los santos y el Sebaot... Un misionero de la Edad Media incluso nos decía que, en uno de sus viajes en busca del paraíso terrenal, había alcanzado el horizonte donde la Tierra y el Cielo se encuentran, y que había descubierto un cierto punto donde no se unían y donde se podía pasar por debajo del techo de los cielos... ¡Y aún así esta bóveda no tiene, de hecho, existencia real!
Más allá del origen posiblemente reciente de la ilustración, la idea expresada por Flammarion no es nueva. Ya en De Gravitatione et aequipondio fluidorum (c. 1664-8) [6], Newton indicaba que
El espacio se extiende infinitamente en todas direcciones, puesto que no podemos imaginar ningún límite sin al mismo tiempo imaginar que hay espacio más allá. 
De hecho, la idea aristotélica de que por fuera de la esfera de las estrellas fijas no hay espacio ya había sido atacada desde su mismo origen. En la Física de Simplicio de Cilicia (490 - 560), por ejemplo, encontramos un relato de Eudemo de Rodas (ca. 370 AC - ca. 300 AC) según el cual Arquitas de Tarento (c. 430 AC - 360 AC) se preguntaba si estando en el confín del cielo, podría extender su báculo, y afirmaba que
Es absurdo suponer que no [se] podría, y si [se puede], lo que hay fuera debe ser cuerpo o espacio. De tal manera, podemos alcanzar el exterior, y así sucesivamente; y siempre habrá un nuevo lugar donde extender el báculo, lo que implica claramente una extensión sin límite [7].
Por su parte, Giordano Bruno (1548 - 1600) citaba un pasaje de Tito Lucrecio Caro (99 AC - 55 AC) donde este volvía a formular la pregunta de Arquitas en el sentido de si es posible arrojar una lanza más allá del supuesto límite del espacio:
Ahora bien, puesto que tenemos que admitir que no hay nada fuera de la suma, ésta no tiene exterior y, por lo tanto carece de fin y de límite. Y no interesa en cuál de sus regiones se toma posición invariablemente, sea cual sea la posición que cualquiera tome, deja al universo tan infinito como antes en todas direcciones. Nuevamente, si por un momento se sostuviera que todo el espacio existente estuviera limitado, suponiendo que un hombre corre hacia sus límites externos, se para en el borde extremo y arroja una lanza, ¿decidiréis que cuando es arrojada con una fuerza vigorosa avanzará hasta el punto hacia el que fue lanzada y volará a cierta distancia, o que algo se interpondrá en su camino y la detendrá?; porque tenéis que admitir y adoptar una de las dos suposiciones, cualquiera de ellas os cierra toda escapatoria y os obliga a asegurar que el universo se extiende ilimitadamente [8]. 
Este mismo argumento lo encontramos en otros autores. El franciscano Ricardo de Middleton (c. 1241 - 1302), por ejemplo, lo expuso en el siglo XIV, esto es antes de que Gian Francesco Poggio Bracciolini (1380 - 1459) redescubriera De rerum natura en 1418. Por su parte, en Super quattuor libros sententiarum quaestiones subtilissimae, Ricardo de Middleton (c. 1249 - 1302) dice que
Si el hombre tuviera una lanza, cuya punta condujera en un movimiento rectilíneo hacia la superficie más exterior del cielo, haría que determinada parte de la lanza, en el curso de su movimiento, pasara a través de la última esfera, aunque fuera de ella no exista espacio.
John Locke (1632 - 1704) retomó casi textualmente el argumento original, diciendo que
Si Dios situara al hombre en el extremo de los seres corpóreos, [este] no podría extender su mano más allá de su cuerpo. [9].
Después de Newton, esta idea de infinitud, ya latente en el segundo postulado de Euclides, se volvió absolutamente natural. En 1897, Bertrand Russell (1872 - 1970) [10] escribió:
¿Cómo puede cierta línea o superficie formar una barrera impenetrable para el espacio?... En filosofía esta noción no se puede permitir ni por un momento, puesto que destruye el más fundamental de todos los axiomas, la homogeneidad del espacio [11].
En De Gravitatione, Newton intentó mostrar que se puede tener al menos una intuición geométrica del infinito, al variar dos de los ángulo internos un triángulo, manteniendo el tercero fijo. El vértice cuyo ángulo disminuye se aleja indefinidamente del lado opuesto, hasta que sus dos lados se vuelven paralelos y no pueden cruzarse en ningún lugar. 
[Y este infinito es real], pues si se dibuja el triángulo, sus lados se dirigen, de hecho, hacia un punto común. [Y este punto existe], aún cuando podríamos imaginar que cae fuera de los límites del universo físico, [...] más allá de toda distancia.
En una carta a Meyer del 20 de Abril de 1663, Baruch Espinoza (1632 - 1677) escribió que
Ciertas cosas son infinitas por su naturaleza y no pueden en modo alguno concebirse como finitas; ciertas cosas lo son en virtud de la causa de la cual dependen, aunque cuando se conciben abstractamente pueden dividirse en partes y ser consideradas como finitas; ciertas otras, por último, pueden decirse infinitas o indefinidas, porque no pueden igualarse a número alguno, si bien cabe concebirlas como mayores o menores. 
Según Antonio Escohotado [12], estas ideas pudieron llegar a Newton a través de Henry Oldenburg (c. 1619 – 1677), secretario de la Royal Society, quien mantenía correspondencia con Espinoza, y así se podría sostener una influencia de Espinoza sobre Newton en cuanto a su concepción sobre la infinitud del espacio. Sin embargo, no hay ninguna prueba positiva de que alguna discusión sobre este tema haya tenido lugar entre Espinoza y Oldenburg, o entre éste y Newton. Además, este concepto ya se encuentra plenamente desarrollado en De Gravitatione, es decir mucho antes de la redacción de los Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica entre 1684 y 1687, y del inicio del intercambio epistolar con Oldenburg. Y lo que se dice en los Principia no aporta mucho material nuevo al tema de la infinitud del espacio, salvo, quizás, en lo que respecta al principio de individualización. O sea que en el caso improbable de que tal influencia de Espinoza a Newton haya existido, esta no fue tan importante como plantea Escohotado.

  1. W. J. Foerster: Von der Erdatmosphäre zum Himmelsraum, v. 4 Einzeldarstellungen aus den Naturwissenschaften (H. Hillger, 1906).
  2. E. Zinner, en Börsenblatt für den Deutschen Buchhandel (Frankfurt, 1957).
  3. C. Flammarion: Astronomie populaire: description générale du ciel (C. Marpon et E. Flammarion, 1880).
  4. B. Weber, en Gutenberg-Jahrbuch, pp. 381-407 (1973).
  5. C. Flammarion: L'Atmosphere: Météorologie Populaire (Paris, 1888).
  6. ciencia-arte.blogspot.com/2011/02/de-gravitatione.html
  7. Desafortunadamente, el trabajo de Arquitas sobre la naturaleza del espacio se perdió, salvo por algunos fragmentos que se hallan en los Aristotelis categorias commentarium de Simplicio.
  8. Tito Lucrecio Caro: De rerum natura
  9. John Locke: An Essay Concerning Human Understanding (1690). Expone esta idea en el libro II, cap XIII, bajo el título Vacuum Beyond the Utmost Bounds of Body.
  10. Su nombre completo era Bertrand Arthur William Russell, 3rd Earl Russell.
  11. Bertrand Russell: An Essay o the Foundations of Geometry (1897).
  12. A. Escohotado: Estudio preliminar de los Principios matemáticos de la Filosofía Natural de Isaac Newton, en Principios matemáticos de la Filosofía natural [Philosophiae Naturalis Principia Mathematica]. Grandes Obras del Pensamiento, 21. (Barcelona: Ediciones Altaya S.A., 1993).

La batalla decisiva ha llegado



He sido traicionado!
Y sin compasion al dragon negro entregado,
sin darme cuenta estoy siendo deborado,
¿Debo huir o sacrificarme para saciar el hambre q le he generado?
Oh! Colgado iluminadme con vuestra sabiduria
y ayudadme a seguid mi camino.
Suerte!
 

El objetivo del mago




El objetivo del mago

Que mueve más al mago q no sea enfrentar a su sombra, en donde gasta más voluntad, en donde mas debería de gastarla sino. La sombra el mayor enemigo y mejor aliado del mago. Su eterno rival, su enemigo más fuerte, la final del juego. Pero como bien sabe el mago, no lucha contra ella para eliminarla sino para elevarla, para iluminarla, para reintegrarla a la luz, y así convertirla en su mejor aliado, y así ser uno con ella.
Sin mas armas q la propia voluntad el mago se enfrenta ante un rival admirable, el cual si falla lo devorara por completo, dejándolo libre solo para q este viva en un mundo sin cordura, aislado y exiliado de su pueblo. La voluntad del mago, su mas poderosa arma será capaz de contener el poder de la sombra, estará a la altura de esta.
No olvidemos el deseo del mago, pues este es el q lo lleva a combatir a su sombra, este es lo q lo mueve a luchar contra ella, a avanzar, a continuar, a no rendirse. El mago podrá estar desamparado con débil voluntad, y a segundos de ser devorado por su sombra, pero si el deseo sigue vivo, el mago no podrá morir, ni ser devorado. Ya q la batalla no ha terminado hasta q no halla muerto el deseo. Quizás el deseo sea el sentido de esta batalla, lo q en verdad devora la sombra. El deseo avivara la voluntad y continuara la lucha. Pero q sucederá con el deseo al terminar esta.
La sombra como un gigantesco dragón negro se presenta ante el mago. Este completamente  desnudo enfrenta a la temible bestia, titubea pero no piensa en retroceder, esta ahí por decisión propia, pues de lo contrario no seria un mago sino un simple integrante del vulgo, arrojándose como sacrificio a las sombras. Sin mas q hacer el mago luchara con su sombra, luchara hasta q esta vuelva a la luz, hasta q esta se convierta en luz. Una larga batalla se librara, puede q el mago no posea armas visibles, pues no las necesita, puede q el mago no tenga defensas visibles, pues no las necesita, su voluntad y deseo son todo lo q necesita.
La batalla mas épica, mas narrada, y mas recordada por siempre se dará en el. La sombra se volverá una con el mago, se volverá luz, o el mago se volverá a la locura.
Una vez terminada la batalla el deseo fue saciado...y el mago calla.
 








L.V.X.!

Matemática y ocultismo en Occidente



Matemática y ocultismo en Occidente.

El principio

Desde sus comienzos la matemática estuvo ligada a la astronomía y, a través de ella, a todo tipo de ritos mágicos y religiosos. Hombres como Tales y Pitágoras recorrieron las tierras de las mas antiguas civilizaciones (Mesopotamia, Egipto, incluso puede que la India) y trajeron a Occidente unas matemáticas que venían acompañadas, como los minerales, de cierta cantidad de ganga sin valor en forma de simbolismos místico-mágicos que los griegos, lejos de eliminar, potenciaron hasta el punto de situarlos en la base de sus explicaciones acerca del mundo.
El punto culminante de este proceso llegaría con Platón y su “Dios geómetra”, un dios intelectual, un demiurgo que organizaría el mundo siguiendo criterios geométricos (un dios, por cierto, que luego se haría arquitecto con los francmasones). Además, su teoría de las ideas, que concedía a los objetos matemáticos existencia independiente de la mente humana, se ha mantenido como una de las corrientes interpretativas de la matemática más influyentes a lo largo de la historia.
Esta visión mística daría lugar a lo largo de los siglos a una serie de tópicos en los que las matemáticas se verían contaminadas por distintas interpretaciones digamos imaginativas. Veamos algunos de ellos.

Objetos mate-mágicos

Misticismo numérico.

Para los pitagóricos los números no eran simples abstracciones, sino que constituían de alguna manera la materia prima del universo, y poseían, acompañando a sus propiedades estrictamente matemáticas, otras de índole cualitativo. De esta manera, en la secta pitagórica se hablaba de números hembra, números macho, el número de la creación, el de la justicia...
Los números eran representados mediante piedrecillas en disposiciones geométricas. Una de ellas representaba el número diez en un diseño triangular mediante cuatro filas de una, dos, tres y cuatro piedras. Es la llamada tetractis, a la que consideraban sagrada porque representaba el número del universo, al ser diez la suma de elementos necesarios para representar un punto, un segmento, un triángulo y un tetraedro o, lo que es lo mismo, la suma de todas las dimensiones. Si en su veneración por el diez influyó el hecho de que tengamos diez dedos en las manos es algo que seguramente no podremos saber nunca.








Pentágono estrellado, o pentagrama, o pentalfa, o pie de bruja.
Formado por las diagonales del pentágono regular, fue seña de identidad de la secta pitagórica y símbolo de la salud. Las diagonales se cortan en cinco puntos que a su vez forman otro pentágono, pudiendo por tanto repetirse el proceso hasta el infinito. Estos cinco puntos poseen además una importante propiedad: dividen a cada diagonal en dos segmentos que se encuentran en razón áurea, lo que hace sospechar que fue en este contexto donde los pitagóricos descubrieron la existencia de los números irracionales.





Su carácter simbólico se mantuvo a través de los siglos. Así, durante la Edad Media se le consideró símbolo de la Trinidad (porque puede formarse mediante tres triángulos isósceles superpuestos), lo que le convirtió en la defensa perfecta contra el demonio, como se puede leer en el Fausto de Goethe (primera parte: Gabinete de estudio, p.145).

La armonía de las esferas.

Animados y algo excitados por el éxito que supuso la descripción numérica de los sonidos armónicos, los pitagóricos se lanzaron a buscar armonías en todos los sitios. Uno de ellos fue el propio cosmos: pensaban que los astros eran agujeros en unas esferas de cristal a través de los cuales se colaba la luz celestial. Conjeturaron que los radios de dichas esferas y sus velocidades debían seguir las mismas proporciones que los intervalos musicales. Las esferas, al moverse, emitirían sonidos, unos sonidos que, teniendo en cuenta lo dicho, darían lugar a auténtica música cósmica.




Muchos siglos después, el gran Kepler heredó y modificó el argumento: pensaba que las órbitas de los planetas debían estar dentro de esferas inscritas entre los cinco poliedros regulares. Como a su vez pensaba que las razones armónicas debían derivarse de dichos poliedros, la conclusión final de nuevo fue la música de las esferas.












Los cuatro elementos y la quinta esencia.

Para Empédocles todas las cosas del universo estaban compuestas de cuatro elementos: la tierra, el agua, el aire y el fuego, cuyas cualidades esenciales seguían el esquema de la figura.
Platón, en su diálogo Timeo, asoció cada uno de los cuatro elementos con uno de los poliedros regulares, y como le sobraba uno, el quinto poliedro regular, el admirado dodecaedro de los pitagóricos, decidió asociarlo con la materia constituyente del universo, la famosa quinta esencia. Desde entonces a los poliedros regulares se les conoce también como sólidos platónicos.
La tradición de identificar los elementos y los poliedros regulares llegó hasta los tiempos de Kepler: al tetraedro, por ser el de menor volumen, le emparejó con el fuego por aquello de la sequedad; al icosaedro, por ser el de volumen más grande, con el agua por aquello de la humedad; al cubo, por ser el que se asienta más fácilmente, con la tierra; mientras que al Octaedro, por girar al sujetarlo por vértices opuestos, con el aire.

El hechizo de la circularidad.
Parménides, tras elaborados y algo confusos razonamientos dedujo, entre otras cosas, que la multiplicidad es pura ilusión, es decir, que todo lo existente es inmutable, homogéneo, único y ... esférico. Influido por la teoría pitagórica de que la realidad de las cosas es dada por el límite y la forma, pensó que lo existente tendría por tanto una forma. Y si lo existente es homogéneo, su forma debía ser la esfera, pues no hay razón ninguna para que se extendiese más en un sentido que en otro.
Sin duda esta visión del mundo influyó en Platón, que abrazó la circularidad con auténtica veneración dada su perfecta simetría, y la convirtió en uno de los dogmas de la geometría con regla y compás.
El hechizo de la circularidad tuvo gran influencia en la astronomía. En un típico argumento místico, se pensó que si el movimiento de los astros había sido diseñado por la divinidad, debía seguir el más perfecto de los movimientos y este, como todo el mundo creía saber, era el movimiento circular. Así quedó establecido y hubiese seguido por siempre si la realidad no se hubiese empeñado en llevar la contraria. Como los datos observacionales no cuadraban con tan perfecto movimiento, los astrónomos se dedicaron a añadir más y más círculos para intentar salvar las apariencias, llegándose en época de Ptolomeo a un sistema con más de ochenta deferentes y epiciclos.
Curiosamente, sería Kepler, tan proclive a la herencia pitagórica y platónica, el que acabaría con el hechizo, estableciendo a partir de datos empíricos que los planetas se mueven en órbitas en forma de elipse, curva que, por otra parte, era ya conocida por los griegos al menos 1800 años antes.

El final

Kepler era un místico que creía que la geometría existía ya antes de ser creadas las cosas. Creía en un universo ordenado y armónico. Pero también creía en los datos de la experiencia. Producto de ambas aproximaciones a la realidad fue su descubrimiento de las tres leyes que llevan su nombre y que supusieron uno de los grandes triunfos de la matemática como lenguaje descriptor del universo.
Sin embargo, no sería él el último mago. Tan dudoso honor sería para el más grande, Isaac Newton, quien al tiempo que descifraba los secretos del universo y explicaba mediante las mismas leyes fundamentales el movimiento de los astros y la caída de las manzanas, llenaba un baúl de miles de manuscritos sobre teología y alquimia. Eso sí: jamás mezcló una cosa con otra, como si inconscientemente supiese que los caminos de la ciencia y la superstición se separarían definitivamente con él.
Bueno, una vez sí lo hizo: al ver que su sistema planetario no era estable, Newton dijo que quizá Dios tuviese que intervenir de vez en cuando para mantenerlo en orden. Aunque recibió inmediatamente la réplica de su gran oponente, Leibniz, para terminar esta historia prefiero sin embargo avanzar algo más en el tiempo y marchar hasta Francia en el momento en el que Laplace publica su Mecánica celeste, una completa descripción del universo conocido. De tal obra le entregó una copia a su amigo Napoleón, que tras leerla, le hizo llamar y le comentó: “Habéis escrito un grueso volumen sobre el sistema del mundo sin una sola mención al autor del universo”, a lo que Laplace, sin pestañear, contestó: “Sire, no tengo necesidad de esa hipótesis”.


Suerte!
older post